I
Continuando con el tema de la "visión" de la Eucaristía, examinemos si la Eucaristía es o no un fenómeno. Puede ser interesante, ya que iluminará algunas cuestiones que hemos visto en anteriores post. Llegaremos a la conclusión de que la Eucaristía no es un fenómeno, y que el creyente "ve" a Cristo gracias a una teoría de la transubstanciación (que el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo tras la consagración)
II
Existen, filosóficamente hablando, dos acepciones del término "fenómeno", una helena y otra germana. Según la acepción germana, que es la que al final se ha impuesto en el lenguaje académico de los profesores de filosofía, el fenómeno es lo que se presenta a la "conciencia", detrás del cual se esconde un "noúmeno" (o esencia) a la espera de ser descubierto. Según la acepción helena, los fenómenos son estados o procesos observables por varias personas (o por una persona varias veces), e identificables sobre un fondo de estados o procesos que se consideran ordinarios o prosaicos. El fenómeno sería, pues, un contenido del Mundo que se destacaría del resto por una cierta rareza o anomalía. Es esta acepción la que constatamos también en el español corriente, como cuando hablamos de "fenómenos de feria" o "eres un fenómeno". Y es esta acepción la que voy a utilizar al hablar del fenómeno de la Eucaristía.
III
Como el fenómeno ha de ser observado por varios testigos (o por uno mismo varias veces), podríamos llegar, precipitadamente, a la conclusión de que en él pesan más los contenidos objetivos que los componentes ideológicos o teóricos (místicos, científicos, mitológicos o filosóficos). Sin embargo, los fenómenos necesitan algún concepto para poder ser identificados y "recortados" de ese fondo ordinario o prosaico sobre el que destacan. Dicho con otras palabras, precisamos de algún contenido conceptual para identificar un fenómeno como tal. Así, por ejemplo, identificamos un rayo cuando lo comparamos con otros rayos anteriores y cuando lo diferenciamos de otros fenómenos del entorno, como pudieran ser fragmentos luminosos entre las nubes o columnas de fuego. Para hacer esto más claro, pongamos un ejemplo: el que posea el concepto de "Garnacha" podrá identificar esta variedad de uva entre una cesta llena de ellas, y diferenciarlas de la variedad "Tempranillo". El que no posea tal concepto, tan sólo verá una cesta repleta de uvas.
IV
Hay que distinguir los fenomenos "disociables" de sus envolturas teóricas y los fenómenos "indisociables" de sus envolturas teóricas. Un fenómeno disociable sería, por ejemplo, el de la tendencia de ciertas personas a vivir con otras y tener sexo con ellas. Este fenómeno puede explicarse desde una envoltura mitológica (las flechas tiradas por Cupido), desde una envoltura ideológica (las personas tienden a juntarse con sus "medias-naranjas"), o desde una envoltura pseudo-científica (las personas se juntan sexualmente con otras debido a la secreción de ciertas hormonas). Un fenómeno indisociable de su envoltura ideológica sería el de la puesta (y la salida) del sol. Este fenómeno es indisociable de un geocentrismo implícito (el sol da vueltas alrededor de la Tierra), y de una teoría que identifica el Sol que sale con el Sol que se puso el día anterior. Así pues, aunque todo fenómeno es inseparable de alguna envoltura ideológica, algunos fenómenos admiten envolturas teóricas alternativas y otros no admiten más que una (o un género de ellas)
V
El fenómeno, tal y como hemos visto, tiene algo de "portentoso" y de "milagroso". Sin embargo, no puede decirse que todo milagro sea un fenómeno. Para que el milagro sea fenómeno ha de poder ser observdo por varios sujetos (o por uno mismo varias veces). Éste sería, precisamente, el caso del milagro de la resurrección de Lázaro, narrado en la Biblia, con multitud de testigos, o el caso de la aparición de la Virgen de Fátima, vista por los tres pastores (y repetidas veces, además). Como ocurre con los fenómenos, existen milagros "disociables" y milagros "indisociables". Un milagro disociable sería el del oscurecimiento u ocultación del sol: dentro de una envoltura mitológica, puede ser visto como una advertencia de alguna divinidad; dentro de la envoltura de la ciencia astronómica, se trataría de que la luna se ha interpuesto entre el sol y la tierra. Milagros más indisociables serían los de las apariciones de santos y vírgenes, sobre todo cuando los contenidos cristianos fueran mayores. La aparición de la Virgen de Fátima podría convertirse en la aparición de la diosa virgen Atenea dentro de la envoltura de la mitología clásica griega. Sin embargo, muchos de los contenidos específicamente cristianos (y anti-comunistas, en este caso), desaparecerían con la envoltura. Milagros totalmente indisociables serían los relacionados con la visión de contenidos del dogma cristiano: como la visión de los bienaventurados que contemplan el Ser Supremo (esto es, la visión del cielo)
VI
La Eucaristía no puede clasificarse ni como milagro-fenómeno disociable o milagro-fenómeno indisociable, sencillamente porque no puede ser un fenómeno. El pan y el vino antes de la consagración son, en cuanto a lo observado, idénticos al pan y el vino después de la consagración. No puede apreciarse cambio observable entre ellos. Por eso no puede decirse que el milagro de la transubstanciación (la conversión del pan y el vino consagrados en la carne y la sangre de Cristo) sea un fenómeno, sino una teoría, como puede ser la "teoría de la transubstanciación" de Santo Tomás. Y fíjese que no estoy diciendo que sea un milagro-fenómeno indisociable de la teoría de la transubstanciaicón. No, puesto que no se trata de un fenómeno en absoluto. Tampoco discuto que el cristiano "vea" a Cristo en la Eucaristía. Sencillamente, y como señalábamos en el post dedicado al villancico de José Español, el cristiano "ve" a Cristo "por la fe", es decir, por la teoría: si ninguna teoría le dijera que tras la consagración el pan y el vino se convierten en la sangre y el cuerpo de Jesús, el cristiano no vería a Cristo. Es más, si el cristiano desconoce si el pan y el vino que se le presentan han sido o no consagrados, no puede decir que "ve" a Cristo; sencillamente, no lo sabe.
VII
Así se explica la dificultad de la representación de la eucaristía en la escultura y en la pintura. El milagro de la transubstanciación no cabe en un cuadro pintado, o en una escultura, porque no es sensible y no puede aparecer como fenómeno. Tan sólo habrá representaciones de pan y de vino. Los únicos recursos que le quedan al artista son externos: o bien rótulos literarios que indicasen que se trata dle cuerpo y la sangre de Cristo, o bien ciertos artificios tradicionales, como aureolas o rayos. Esto último puede apreciarse en el cuadro pintado por Goya, La comunión de San José de Calasanz (1819), donde la aureola del comulgante indica que hace algo sagrado.
Autor: Raúl Angulo Díaz
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martes, 23 de agosto de 2005
martes, 16 de agosto de 2005
El transparente de la catedral de Toledo: Arte eucarístico
IEl arte eucarístico por excelencia, dada la cantidad de obras y el esfuerzo económico que suponía, era, sin lugar a dudas, la música. ¿Qué lugar ocupban las artes visuales?
II
Como se puede leer en el post anterior, el catolicismo mantuvo una dicotomía entre la vista y el oído: la vista tan sólo apreciaría un trozo de pan, mientras que el oído escucharía (y aceptaría) la Palabra de la Iglesia de que ese trozo de pan era el mismísimo Dios infinito y omnipotente. De acuerdo con esa dicotomía vista / oído, la Iglesia daba prioridad a la oratoria sagrada. El papel de la música sería el de “reforzar” esta oratoria moviendo aún más los “afectos” de los creyentes.
III
El nacimiento de la música afectiva se debe al siglo XVI, el mismo siglo del Concilio de Trento. La expresión de afectos se consiguió gracias a la imitación de la palabra hablada y algunos “trucos” nuevos. La imitación de la palabra hablada en música se dio, sobre todo, gracias al respeto de la acentuación y del ritmo hablado. Y entre los nuevos trucos que adquirieron los músicos para dotar de “afectos” a la música, las disonancias (incluidos los retardos) y el establecimiento la tonalidad mayor / menor son de los más importantes.
IV
Los músicos españoles despreciaban la música instrumental de corte italiano en la iglesia. Decían que era música hecha para “agradar al oído” tan sólo, ya que no movían al cristiano a creer en algo como la presencia de Cristo en la hostia consagrada. De acuerdo con esto, prescribieron las largas introducciones orquestales en los Villancicos y Cantadas. Francisco Valls llegó a aconsejar que los temas de estas introducciones orquestales fueran los mismos que los temas vocales. Vemos, por tanto, que sí se reconocía, de alguna manera, que el oído pudiera escuchar algo meramente sensible. Desde el punto de vista eucarístico al menos, la música instrumental tenía, pues, el mismo status que las meras artes visuales.
V
La representación de un trozo de pan no podía “mover” a nadie a creer en Jesucristo sacramentado. No se trataría más que de la imitación, más o menos bella, de un objeto comestible. Las artes visuales, por tanto, si han de ser arte eucarístico, han de invitar al católico ir “más allá” de lo visible. Esta intención queda plasmada de manera evidente en el llamado Transparente de la Catedral de Toledo, obra de Narciso Tomé.
VI
El Transparente de la Catedral de Toledo es una obra impresionante de 30 metros de alto, situada en la parte trasera del altar mayor de Toledo. Frente al altar integrado en la obra se encuentra una ventana por la que el sol entra e ilumina la “Gloria” u hostia consagrada. Encima se encuentra un grupo escultórico que representa la Última Cena, y una inscripción en el techo cita el Apocalipsis: el Transparente es una “puerta al cielo” detrás de la cual se encuentra el trono de Dios.
VII
Por nuestra parte, negaríamos que consiga su propósito o intención, sencillamente porque la vista no se queda en algo así como los “sense data” de que hablaban los empíricos y no tiene necesidad, por tanto, de trascenderlos. El cristiano puede “ver” a Cristo en un trozo de pan como nosotros podemos ver un ordenador portátil en una mera figura geométrica (nos podríamos preguntar qué vería un aborigen primitivo al enseñarle un portátil). Lo que sí conseguiría es rodear al misterio de la Eucaristía de un halo de misterio e irrealidad, lo mismo que la música en sus mejores momentos. Es decir, puede conmover a débiles mentales y seres sensibles.
VIII
Quedaría abierto el problema de la representación en la Eucaristía. En el Transparente de la Catedral de Toledo no habría representación de Cristo Sacramentado, pues la obra integra un altar y un sagrario donde introducir la hostia consagrada. Establecido que la dicotomía no se da entre la vista y el oído, sino entre la vista con fe y la vista sin ella, el problema es: ¿qué vería un católico creyente ante una representación de un trozo de pan?; ¿vería la representación de Cristo o vería tan sólo la representación de un trozo de pan? Mi respuesta es que vería tan sólo esto último. Para ver a Cristo en la hostia consagrada es preciso todo un ritual de consagración ajeno al ver. El católico creyente ve un trozo de pan antes de las palabras de la consagración, y ve a Cristo Sacramentado después de las palabras del sacerdote. Entonces, para ver una representación de la Eucaristía (de Cristo Sacramentado), el creyente ha de saber si el objeto original que se representa ha sido consagrado. Así pues, no basta la vista sola, sino que es necesario algún tipo de conocimiento sobre el objeto original. Ahora bien, este conocimiento la mayoría de los casos no se da. Aún más, nos atreveríamos a decir que en el 100 % de los casos el trozo de pan representado no ha sido consagrado.
VIII
Creo que estas razones pesaron mucho para limitar la representación de la eucaristía en el catolicismo Tridentino. La solución más brillante sería integrar la misma hostia consagrada en la obra de arte, como sucede en el Transparente de la Catedral de Toledo. Las cosas son muy distintas ahora, en el catolicismo del Vaticano II. Ahora proliferan las representaciones de un cáliz y una hogaza de pan, como puede apreciarse en los dibujos con que adorno mis post. ¿A qué fenómeno será debido esto? De acuerdo con la protestización de la Iglesia Católica en el Vaticano II, puede ser que ya no se crea tanto en la fuerza de las palabras de la consagración, y se centren mucho más en la “visión individual”. Un católico tridentino no podía “ver a” Cristo en la representación de un pan porque ignoraba, o sospechaba con fundamento, que ningún sacerdote había pronunciado en ceremonia las palabras de consagración. Hoy en día, un creyente con suficiente fe quizás le basta ver dibujados un pan y una copa (que ni siquiera sabe si es de vino) para ver una representación de la eucaristía.
Autor: Raúl Angulo Díaz
domingo, 17 de julio de 2005
Los cuatro relatos de la institución de la eucaristía
Los cuatro textos del Nuevo Testamento que se refieren a la instición de la Eucaristía son: Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 15-20; 1Cor 11, 23ss. El relato más antiguo es el de Pablo (1Cor 11, 23-27), y es el siguiente:(23) Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, (24) y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío" (25) Asimismo también la copa de cenar diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío (26) Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. (27) Por tanto, quien coma pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.Este relato parece recoger la práctica eucarística entre los cristianos helenizantes.
Los otros tres textos pertenecen a los evangelios sinópticos que, como se sabe, proceden de la misma fuente. El evangelio más antiguo es Marcos. El texto de la institución de la eucaristía en este evangelio es el siguiente:
(22) Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: "Tomad, ése es mi cuerpo". (23) Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. (24) Y les dijo: "Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. (25) Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el Reino de Dios".A diferencia de Pablo, Marcos parece referir una tradición arameizante. El texto de Mateo sigue de cerca el de Marcos, y es el siguiente:
(26) Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: "Tomad, comed, éste es mi cuerpo". (27) Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: "Bebed de ella todos, (28) porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. (29) Y os digo que desde ahora no beberá de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino del Padre.El texto de Lucas es el siguiente:
(14) Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; (15) y les dijo: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; (16) porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" (17) Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: "Tomad esto y repartidlo entre vosotros; (18) porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios" (19) Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío". (20) De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros".Como puede observarse, en el versículo 16 Lucas aplica también al pan la expresión de Mc. 14, 25 (y la correspondiente en el evangelio de Mateo) de: "Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el Reino de Dios".
En el evangelio de Juan no hay relato de institución de la eucaristía. En su lugar aparece el relato del lavatorio de los pies (Jn. 13, 1-20):
(3) Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, (4) se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. (5) Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.
Autor: Raúl Angulo Díaz
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