martes, 16 de agosto de 2005

El transparente de la catedral de Toledo: Arte eucarístico

I
El arte eucarístico por excelencia, dada la cantidad de obras y el esfuerzo económico que suponía, era, sin lugar a dudas, la música. ¿Qué lugar ocupban las artes visuales?

II
Como se puede leer en el post anterior, el catolicismo mantuvo una dicotomía entre la vista y el oído: la vista tan sólo apreciaría un trozo de pan, mientras que el oído escucharía (y aceptaría) la Palabra de la Iglesia de que ese trozo de pan era el mismísimo Dios infinito y omnipotente. De acuerdo con esa dicotomía vista / oído, la Iglesia daba prioridad a la oratoria sagrada. El papel de la música sería el de “reforzar” esta oratoria moviendo aún más los “afectos” de los creyentes.

III
El nacimiento de la música afectiva se debe al siglo XVI, el mismo siglo del Concilio de Trento. La expresión de afectos se consiguió gracias a la imitación de la palabra hablada y algunos “trucos” nuevos. La imitación de la palabra hablada en música se dio, sobre todo, gracias al respeto de la acentuación y del ritmo hablado. Y entre los nuevos trucos que adquirieron los músicos para dotar de “afectos” a la música, las disonancias (incluidos los retardos) y el establecimiento la tonalidad mayor / menor son de los más importantes.

IV
Los músicos españoles despreciaban la música instrumental de corte italiano en la iglesia. Decían que era música hecha para “agradar al oído” tan sólo, ya que no movían al cristiano a creer en algo como la presencia de Cristo en la hostia consagrada. De acuerdo con esto, prescribieron las largas introducciones orquestales en los Villancicos y Cantadas. Francisco Valls llegó a aconsejar que los temas de estas introducciones orquestales fueran los mismos que los temas vocales. Vemos, por tanto, que sí se reconocía, de alguna manera, que el oído pudiera escuchar algo meramente sensible. Desde el punto de vista eucarístico al menos, la música instrumental tenía, pues, el mismo status que las meras artes visuales.

V
La representación de un trozo de pan no podía “mover” a nadie a creer en Jesucristo sacramentado. No se trataría más que de la imitación, más o menos bella, de un objeto comestible. Las artes visuales, por tanto, si han de ser arte eucarístico, han de invitar al católico ir “más allá” de lo visible. Esta intención queda plasmada de manera evidente en el llamado Transparente de la Catedral de Toledo, obra de Narciso Tomé.

VI
El Transparente de la Catedral de Toledo es una obra impresionante de 30 metros de alto, situada en la parte trasera del altar mayor de Toledo. Frente al altar integrado en la obra se encuentra una ventana por la que el sol entra e ilumina la “Gloria” u hostia consagrada. Encima se encuentra un grupo escultórico que representa la Última Cena, y una inscripción en el techo cita el Apocalipsis: el Transparente es una “puerta al cielo” detrás de la cual se encuentra el trono de Dios.

VII
Por nuestra parte, negaríamos que consiga su propósito o intención, sencillamente porque la vista no se queda en algo así como los “sense data” de que hablaban los empíricos y no tiene necesidad, por tanto, de trascenderlos. El cristiano puede “ver” a Cristo en un trozo de pan como nosotros podemos ver un ordenador portátil en una mera figura geométrica (nos podríamos preguntar qué vería un aborigen primitivo al enseñarle un portátil). Lo que sí conseguiría es rodear al misterio de la Eucaristía de un halo de misterio e irrealidad, lo mismo que la música en sus mejores momentos. Es decir, puede conmover a débiles mentales y seres sensibles.

VIII
Quedaría abierto el problema de la representación en la Eucaristía. En el Transparente de la Catedral de Toledo no habría representación de Cristo Sacramentado, pues la obra integra un altar y un sagrario donde introducir la hostia consagrada. Establecido que la dicotomía no se da entre la vista y el oído, sino entre la vista con fe y la vista sin ella, el problema es: ¿qué vería un católico creyente ante una representación de un trozo de pan?; ¿vería la representación de Cristo o vería tan sólo la representación de un trozo de pan? Mi respuesta es que vería tan sólo esto último. Para ver a Cristo en la hostia consagrada es preciso todo un ritual de consagración ajeno al ver. El católico creyente ve un trozo de pan antes de las palabras de la consagración, y ve a Cristo Sacramentado después de las palabras del sacerdote. Entonces, para ver una representación de la Eucaristía (de Cristo Sacramentado), el creyente ha de saber si el objeto original que se representa ha sido consagrado. Así pues, no basta la vista sola, sino que es necesario algún tipo de conocimiento sobre el objeto original. Ahora bien, este conocimiento la mayoría de los casos no se da. Aún más, nos atreveríamos a decir que en el 100 % de los casos el trozo de pan representado no ha sido consagrado.

VIII
Creo que estas razones pesaron mucho para limitar la representación de la eucaristía en el catolicismo Tridentino. La solución más brillante sería integrar la misma hostia consagrada en la obra de arte, como sucede en el Transparente de la Catedral de Toledo. Las cosas son muy distintas ahora, en el catolicismo del Vaticano II. Ahora proliferan las representaciones de un cáliz y una hogaza de pan, como puede apreciarse en los dibujos con que adorno mis post. ¿A qué fenómeno será debido esto? De acuerdo con la protestización de la Iglesia Católica en el Vaticano II, puede ser que ya no se crea tanto en la fuerza de las palabras de la consagración, y se centren mucho más en la “visión individual”. Un católico tridentino no podía “ver a” Cristo en la representación de un pan porque ignoraba, o sospechaba con fundamento, que ningún sacerdote había pronunciado en ceremonia las palabras de consagración. Hoy en día, un creyente con suficiente fe quizás le basta ver dibujados un pan y una copa (que ni siquiera sabe si es de vino) para ver una representación de la eucaristía.

Autor: Raúl Angulo Díaz